Belmonte de Miranda, oro entre montañas
El oro romano dejó un mapa de labores dispersas por los valles de Belmonte de Miranda. Para seguirlo hay que mirar también las montañas: el Pigüeña abre un corredor mientras las sierras separan cuencas y caminos.
Una vista de las aldeas y las laderas de Belmonte de Miranda. Los valles y las sierras organizan el paisaje en el que se repartieron las labores auríferas romanas.
En Belmonte de Miranda, el oro romano no aparece ligado a un solo punto, sino a más de una docena de explotaciones distribuidas en cuatro sectores. Algunas se sitúan en los valles del Pigüeña y del Narcea; otras, entre las sierras de Bixega y Cauríu o en la cuenca del Cauxa. El mapa reúne nombres que aún sitúan el relato: Alvariza, Castañedo, La Brueba, Antoñana, Villaverde, El Valle-Boinás, Las Caulinas y Valbona.
La historia sigue a quienes organizaron esas labores en un territorio de montañas y valles. El oro estaba en escenarios distintos: en algunos lugares se trabajó sobre aluvión, los sedimentos acumulados por el agua, y en otros sobre roca. No fue una búsqueda en un filón único, sino una actividad extendida por varias partes del concejo. Para entender por qué esos trabajos se repartieron así, primero hay que reconocer la forma del terreno.
El Pigüeña abre un pasillo entre sierras
La estructura geológica de Belmonte se encuadra en la Región de Pliegues y Mantos, con una antigüedad geoestructural de entre 350 y 550 millones de años. Dicho sin jerga: pliegues y grandes paquetes de rocas apilados unos sobre otros forman parte de la arquitectura del concejo. Los empujes orogénicos levantaron barreras montañosas, y la cuenca del Pigüeña quedó como un pasillo que cruza el municipio de sur a norte.
El relieve lo confirma con cumbres altas a ambos lados de ese eje. En la sierra de la Manteca, el Horru alcanza los 1.527 metros; al sur, la sierra de La Bustariega se eleva hasta la Forca, de 1.488 metros, en el límite con Somiedo. El paisaje no es una llanura donde todo quede a mano: los valles y las sierras organizan el paso por el territorio.
La clasificación geotécnica del concejo recoge esa variedad de materiales: las pizarras y los esquistos representan un 38,29 %, y las calizas, dolomías y mármoles un 12,44 %. Son categorías del término municipal, no una identificación de la roca de cada explotación. Junto a la estructura plegada, ayudan a imaginar un sustrato diverso bajo un relieve en el que el río y las divisorias montañosas ofrecen recorridos muy distintos.
Vigaña conserva huellas anteriores al oro romano
Mucho antes de que Roma pusiera el oro en el centro de su interés, la gente ya ocupaba estas montañas. En el entorno de Vigaña se ha encontrado un asentamiento que atestigua ocupación del territorio desde al menos 4000 a. C. También hay túmulos megalíticos y necrópolis tumulares situados en altura, junto a vías de acceso y zonas de pastos. La huella humana aparece así asociada a lugares elevados y a rutas que conectan distintos sectores del concejo.
Durante la Edad del Hierro, entre 800 y 100 a. C., los castros dieron otra forma a esa presencia. La Mata el Castru de Vigaña fue un poblado autosuficiente protegido por una muralla; el Castro de Ondes se alzaba sobre el pueblo, con vistas al Camín Real de la Mesa. En Boinás, el castro de Pena Aguda ocupa una posición que se ha relacionado probablemente con el nacimiento de la minería del oro en el concejo. No demuestra por sí solo cómo se trabajaba el metal, pero deja cerca, en el paisaje, la historia de dos ocupaciones sucesivas.
De Alvariza a Castañedo: el trabajo se dispersa
La conquista romana de Asturias concluyó en 19 a. C., tras casi dos siglos de presencia romana en la península. En Belmonte, la llegada romana se relaciona estrechamente con la explotación del oro y con el desarrollo de la minería y las vías de comunicación. Bajo vigilancia del ejército, los romanos ocuparon asentamientos ya existentes antes de crear otros propios; durante largo tiempo, el patrón de ocupación mantuvo un carácter esencialmente castrense.
Las labores auríferas dibujan cuatro frentes. En el valle del Pigüeña se agrupan en Alvariza; en el valle del Narcea, en Castañedo. Entre las sierras de Bixega y Cauríu aparecen La Brueba, Antoñana y Villaverde. En la cuenca del Cauxa se citan El Valle-Boinás, Las Caulinas y Valbona. En este último sector, los trabajos se realizaron tanto sobre aluvión como en roca: sedimentos de origen fluvial en un caso, sustrato rocoso en el otro.
Ese contraste importa porque muestra que la minería no dependía de un único tipo de terreno. El agua y la roca ofrecían materiales distintos para trabajar, mientras los asentamientos y las explotaciones quedaban repartidos por varios valles. Castañedo, Alvariza y Boinás no son puntos intercambiables en un mapa: nombran sectores diferentes de una actividad que se extendió por el concejo.
La iglesia parroquial de Castañedo, en el concejo de Belmonte de Miranda. Castañedo da nombre a uno de los sectores de labores auríferas citados en el valle del Narcea.
El Camino Real de la Mesa cruza las cumbres
La minería no fue la única huella romana que se acomodó al relieve. La vía que unía la Meseta con Asturias, conocida como Camino Real del Puerto de la Mesa, avanzaba por la línea de cumbres de la sierra de Porcabezas, que separa Belmonte de Miranda y Grado. En vez de seguir únicamente el fondo del Pigüeña, este itinerario cruzaba por las alturas. El concejo conservaba así más de un eje de comunicación: el río que atraviesa el valle y los pasos que recorren las sierras.
La conexión entre oro y caminos forma parte del desarrollo romano de la comarca, aunque la documentación no traza el recorrido de cada carga extraída. Sí permite ver un paisaje organizado por distintos accesos y una presencia minera extensa. En Belmonte, la montaña no fue solo un obstáculo entre poblaciones: sus cumbres también servían de paso, mientras los valles concentraban otros recorridos y varios grupos de labores.
El foco romano se desplaza al Danubio
A finales del siglo II, el interés romano por la explotación aurífera se desvió hacia el Danubio. En Belmonte, los castros se abandonaron progresivamente. El cambio no borra de golpe las huellas de Roma: el concejo quedó profundamente romanizado, y la ocupación ligada a los asentamientos y a las labores mineras dio paso a un paisaje con rastros de distintas épocas.
Una de esas huellas apareció en L'Auteiru, en Villaverde: una lápida romana fechada entre los siglos I y II, procedente de una reutilización. Su fecha sitúa una presencia romana en el mismo territorio donde se repartían las explotaciones. Y Vigaña conserva otro capítulo posterior: en su necrópolis apareció la tumba de un guerrero con ajuar y espada, hoy expuestos en el Museo Arqueológico de Asturias. Las montañas siguieron habitadas y reinterpretadas, aunque la minería romana perdiera centralidad.
El desenlace del episodio está en ese cambio de escala: Roma trasladó hacia el Danubio su foco aurífero y los castros de Belmonte fueron quedando atrás poco a poco. Permanecen los nombres de las labores, los caminos entre valle y cumbre y las huellas arqueológicas que enlazan ocupaciones separadas por siglos. El oro dejó de ordenar la historia romana del lugar; el relieve, en cambio, siguió dibujando sus rutas.
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