Badia del Vallès convirtió una masía y sus campos en una ciudad de bloques
Can Sanfeliú y los terrenos de alrededor dieron paso a una ciudad planificada, construida por fases y atravesada por grandes vías. ¿Qué permite contar el suelo de Badia sobre esa transformación, y qué parte de su historia pertenece a las decisiones humanas?
Vista de Badia del Vallès, donde los bloques residenciales y las vías de circulación muestran la escala de la ciudad planificada.
En Badia del Vallès, la historia reciente del terreno tiene un cambio de escala visible: donde estaban la masía de Can Sanfeliú y una zona de campo se levantó una ciudad de bloques, avenidas y espacios abiertos. No fue una expansión gradual de un núcleo antiguo, sino un proyecto de viviendas que empezó a tomar forma en la década de 1960. La pregunta es cómo se enlaza esa construcción acelerada con el suelo que hoy ocupa Badia.
¿Cómo se convirtió un proyecto en ciudad?
La idea nació como parte de un plan de vivienda social para el entorno de Barcelona. La historia municipal explica que el Ministerio de la Vivienda encargó al Instituto Nacional de la Vivienda construir unos 12.000 hogares sociales en la provincia; finalmente, en el conjunto del proyecto se levantaron 5.372. La cifra ayuda a situar la escala de la iniciativa, aunque no equivale al número de viviendas previsto para Badia en cada fase.
El plan para esta localidad contemplaba 11.054 viviendas y los servicios asociados. En 1970 arrancó la primera fase: 4.156 pisos, 98 locales y la urbanización interior. La velocidad y el tamaño del proyecto dejaron una huella distinta a la de un pueblo que crece casa a casa: Badia se organizó desde el principio como un conjunto urbano, con bloques de viviendas prefabricados mediante un sistema francés de piezas modulares, calles amplias y espacios ajardinados.
La obra no siguió intacta el plano inicial. Antes de comenzar la segunda fase, la autopista Barcelona-Tarrasa y el tercer cinturón ocuparon tres cuartas partes del terreno que se había reservado para ella. En el espacio restante se construyeron 1.216 viviendas nuevas y 38 locales. La infraestructura viaria no fue un telón de fondo: alteró físicamente el suelo disponible y redujo lo que podía levantarse.
Las obras terminaron en 1973; la inauguración oficial llegó en 1975. En pocos años, el terreno de la masía y los campos se había transformado en una ciudad de edificios de cinco a dieciséis plantas. Esa transformación —y no una larga sucesión de barrios históricos— es el episodio que mejor explica la forma urbana de Badia.
El suelo no cuenta por sí solo el origen
Hay un dato geológico concreto en el estudio geotécnico local: la clasificación de los suelos recogida en él corresponde a arenas finas y limos. Son materiales granulares y finos; dicho de forma sencilla, combinan granos de arena pequeños con partículas todavía más menudas. El estudio también indica una clase de permeabilidad que describe acuíferos generalmente extensos, muy permeables y productivos.
Eso permite hablar del terreno con algo más que una imagen de superficie. Pero no permite asignarle, sin otras pruebas, un paisaje antiguo determinado: las arenas y los limos pueden acumularse en distintos ambientes, y la información disponible no especifica aquí su edad ni su origen. No sería riguroso convertir esa clasificación en la afirmación de que Badia fue un antiguo río, una playa o un lago.
La relación verificable entre la geología y la ciudad es más sobria, y también más cercana: los edificios se construyeron sobre un subsuelo que el estudio caracteriza con esos materiales. El dato forma parte del escenario físico de la urbanización, pero no demuestra por sí mismo que la composición del terreno determinara el diseño de los bloques, la ubicación de las carreteras o el ritmo de las obras.
El mismo apéndice geotécnico distingue un riesgo de expansividad bajo a moderado asociado a arcillas expansivas subordinadas o a determinadas condiciones climáticas, junto con zonas descritas como de sustrato no arcilloso. No es una crónica de daños ni una explicación de la construcción: es una descripción técnica del comportamiento potencial del terreno. Para comprender el nacimiento de Badia, la evidencia más directa sigue siendo el plan urbano y la ocupación del espacio.
Las carreteras cambiaron el plano; la vida vecinal, la ciudad
La construcción de las viviendas resolvió una parte del proyecto, no todas sus necesidades. Según la historia local, al principio había cuatro colegios de primaria y faltaban otros equipamientos. Esa carencia impulsó un movimiento vecinal que reclamó servicios y fue consiguiendo, entre otros, más escuelas, institutos, un mercado, un centro de atención primaria y una biblioteca.
El centro cívico fue una de las demandas que más tardó en materializarse: se inauguró en 2002, catorce años después de que comenzara esa reivindicación. La secuencia muestra que una ciudad no queda terminada cuando se completan los bloques. El terreno urbanizado necesitó también instituciones y espacios compartidos para sostener la vida cotidiana.
La dependencia administrativa de Barberà del Vallès y Cerdanyola del Vallès fue otro límite de aquella ciudad proyectada. El Ayuntamiento recoge que el Parlament de Catalunya aprobó en 1994 la creación de Badia del Vallès como municipio. La independencia administrativa llegó después de que la urbanización ya hubiera transformado el paisaje: primero se construyó la ciudad; después, sus vecinos obtuvieron un municipio propio.
También el plano hace reconocible la planificación: las vías públicas toman nombres geográficos y se distribuyen, aproximadamente, siguiendo la silueta de la península ibérica y las Baleares. Es una forma de representar el territorio dentro de una ciudad que había nacido como proyecto unitario. Las avenidas y los bloques cuentan esa concepción; el recorte de la segunda fase recuerda que el proyecto tuvo que adaptarse a una infraestructura que ocupó buena parte del espacio previsto.
Una ciudad joven sobre un terreno más antiguo
Los parques de Badia añaden otra capa a la lectura del lugar. La información reunida sobre sus zonas verdes menciona árboles anteriores a la creación de la ciudad, junto a plantaciones posteriores. Es una continuidad vegetal dentro de un paisaje construido con rapidez: algunos árboles estaban allí antes de los bloques y otros forman parte de la ciudad que se fue haciendo.
Para ti, que recorres sus avenidas o atraviesas sus espacios verdes, la historia puede leerse en dos escalas. La más reciente está bien documentada: una masía y campos dieron paso a viviendas planificadas, las carreteras redujeron el terreno de una fase y la organización vecinal ayudó a completar los equipamientos. La escala geológica es más limitada en la evidencia disponible: se conocen arenas finas y limos, pero no una secuencia que permita reconstruir mares, lagos, ríos antiguos o vida prehistórica en el municipio.
Así se responde la pregunta del comienzo: el suelo de Badia aporta una descripción concreta del terreno sobre el que se levantó la ciudad, mientras que la transformación urbana explica por qué su paisaje tiene la forma que reconoces hoy. Can Sanfeliú y sus campos dejaron paso a una trama de bloques y avenidas; bajo esa ciudad, las arenas y los limos forman parte del escenario material de una historia construida, fase a fase.
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