Archena levantó su balneario alrededor del agua que ya usaban los romanos
En el balneario de Archena, los edificios del siglo XIX rodean una historia que empezó mucho antes de sus fachadas. Un manantial caliente convirtió este rincón del Valle de Ricote en lugar de baños y dejó una huella romana que durante siglos se conoció sobre todo por una lápida.
Piscinas exteriores del balneario de Archena, con el relieve rocoso como fondo del establecimiento termal.
El Hotel Termas y el Casino del balneario de Archena tienen un antecedente que no es otro edificio: es el agua caliente. Antes de que se construyera la mayor parte del conjunto que hoy reconoces, los baños ya se utilizaban en época romana. La relación entre naturaleza e historia resulta aquí concreta: un manantial ofreció el recurso alrededor del cual se desarrolló un establecimiento de baños.
¿Cómo pasó ese agua a convertirse en uno de los lugares más reconocibles de Archena? La respuesta reúne un fenómeno natural, restos arqueológicos, libros antiguos y construcciones decimonónicas. Pero empieza por algo sencillo: el agua brota caliente.
El primer edificio fue después del agua
La web oficial de turismo de la Región de Murcia indica que las aguas de Archena manan a 50 °C. El dato importa porque distingue el recurso natural de las instalaciones que permiten aprovecharlo. Puedes imaginar la diferencia entre abrir un grifo calentado por una instalación doméstica y encontrar un manantial que ya entrega agua caliente: en Archena, el punto de partida de los baños es esa surgencia natural.
El agua precede a las fachadas.
El uso termal en tiempos de la Antigua Roma está recogido tanto en la descripción histórica de la localidad como en la información turística regional. La historia del balneario tiene, por tanto, una raíz anterior a su arquitectura más visible. Lo que explica la elección del lugar no es el estilo de un hotel ni el diseño de un paseo, sino la presencia del manantial.
Esa relación permite leer el establecimiento al revés de como suele recorrerse un conjunto monumental. Primero estuvo el recurso; después, su aprovechamiento y las construcciones. Para entender el patrimonio de Archena, el agua no es un complemento del edificio. Es el comienzo de la historia.
Una lápida sostuvo el recuerdo de los baños romanos
En 1751 apareció la llamada lápida de los duoviros. Según la historia de la investigación publicada por la Universidad de Murcia, aquella pieza acabaría convertida en la enseña histórica del establecimiento. Un objeto concreto permitió mantener presente la antigüedad romana de los baños mucho antes de que avanzara su conocimiento arqueológico.
La primera noticia publicada sobre esos restos que recoge la universidad corresponde a Ignacio López de Ayala. En 1777 dio a conocer su Poema Phisico de los Baños Calientes de la Villa de Archena en el Reino de Murcia, donde incluyó la aparición de la inscripción.
¿Qué había, además de aquella piedra escrita? La respuesta fue ampliándose con otros testimonios. En 1794, el canónigo Lozano volvió sobre la lápida en su Contestania y Bastetania del Reino de Murcia y recogió estructuras de mampostería romanas, monedas y cerámicas.
Entre estas últimas figuraban los llamados entonces «barros saguntinos»: cerámica romana de barniz rojo. La explicación del nombre permite reconocer el objeto sin perderse en el vocabulario de los antiguos estudiosos. Ya no se trataba únicamente de una inscripción aislada; las noticias reunían también construcciones y materiales asociados a la presencia romana en el balneario.
El manantial también hizo escribir libros
Archena interesó a médicos y a estudiosos de las antigüedades por motivos distintos, pero en el mismo lugar. La Universidad de Murcia señala que, desde el siglo XVII, el interés por sus aguas impulsó descripciones del establecimiento y de sus propiedades. Mientras unos autores atendían al baño, otros buscaban testimonios del pasado.
En 1801, Jaime Breix publicó una memoria del manantial de Archena. El propio objeto del trabajo devuelve el protagonismo al recurso natural: el agua merecía ser descrita por sí misma, además de por las construcciones que la rodeaban. El balneario fue así un lugar de uso y también de observación.
La lápida, entretanto, circulaba de libro en libro.
El balance de la investigación universitaria advierte que aparecía mal transcrita en casi todas las obras que la citaban. El detalle resulta revelador: repetir una inscripción no equivalía a conocerla mejor. Su presencia en las publicaciones mantuvo vivo el recuerdo romano, pero la acumulación de referencias no supuso un avance equivalente en la investigación del establecimiento antiguo.
En 1990, Manuel Enrique Medina Tornero publicó Historia de Archena. La universidad destaca su aportación al conocimiento del balneario moderno y contemporáneo y de la propia localidad. La lápida figuraba en la portada: el símbolo romano seguía acompañando la historia de unas aguas aprovechadas mucho después de Roma.
El siglo XIX puso fachadas a una historia anterior
La mayor parte de las edificaciones del complejo termal pertenece al siglo XIX. Esa circunstancia explica una aparente paradoja: un lugar conocido por sus baños romanos ofrece hoy un patrimonio arquitectónico predominantemente mucho más reciente. La antigüedad del uso y la edad de los edificios cuentan momentos diferentes de la misma historia.
El Hotel Termas es una de las piezas destacadas del conjunto. También lo es el Casino, realizado en 1878 en estilo neorrenacentista, junto con la ermita del balneario, actual Santuario de Nuestra Señora de la Salud, obra del arquitecto José María Aguilar.
Vista del establecimiento balneario de Archena publicada en 1889 en «España, sus monumentos y artes, su naturaleza e historia».
Si comparas la vista histórica del establecimiento con la imagen actual, puedes distinguir dos formas de representar el mismo lugar: el edificio como protagonista y el espacio de baño abierto al paisaje. La fotografía antigua documenta la presencia del conjunto decimonónico; la actual permite situar las instalaciones junto al relieve rocoso.
El manantial tuvo incluso una consecuencia fuera del término municipal. La estación de Archena-Fortuna, situada en Campotéjar, en Molina de Segura, se abrió en el punto más próximo a ambas localidades para atender tanto a sus poblaciones como a los numerosos visitantes de sus balnearios. El aprovechamiento de las aguas alcanzaba así también las comunicaciones.
Al salir del baño, el Segura cambia la escala
El otro gran protagonista del paisaje de Archena no está dentro del balneario: es el Segura. El río atraviesa el municipio de norte a sur y su relieve está muy influido por él. A ambos lados se extienden terrazas escalonadas con frutales; fuera de la ribera, el terreno es ligeramente ondulado y destaca al norte el monte Ope.
¿Qué materiales acompañan este paisaje? La información técnica municipal agrupa la mayor proporción en calizas, dolomías y mármoles, seguida por gravas y arenas compactas. También recoge areniscas, conglomerados y flysch, además de arcillas y margas duras. Es una descripción del conjunto de Archena, no una identificación de cada roca que ves desde las piscinas.
Para acercarte a esa diversidad, piensa en la diferencia entre una masa de roca y un conjunto de granos o cantos. Las categorías del inventario distinguen precisamente materiales de aspecto y constitución diferentes. La vista del valle añade otra clave: junto a los relieves rocosos aparecen los escalones del terreno que acompañan al río y sostienen los frutales.
Desde la iglesia de San Juan Bautista, situada mirando a la vega, esa relación entre población y paisaje también resulta reconocible. Archena reúne el agua que recorre el valle y el manantial caliente que dio lugar a los baños: dos presencias naturales con consecuencias distintas en su historia.
El balneario llegó a ser un lugar emblemático porque el aprovechamiento del manantial fue dejando restos, publicaciones y edificios. Cuando vuelvas a mirar sus fachadas, puedes invertir el orden de la visita: antes del Casino, del hotel y de la lápida, estaba el agua caliente.
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