Historia geológica Localidad Aldeanueva de la Vera

Aldeanueva de la Vera, el granito quebrado

Entre las sierras y las gargantas de Aldeanueva de la Vera, San Gil conserva la memoria de una villa romana y de un poblado visigodo. En esa historia hubo un sarcófago de granito que terminó reducido a pedazos.

Aldeanueva de la Vera se extiende al pie de las sierras. El relieve y las gargantas enmarcan el paisaje en el que se desarrollan las historias de San Gil y del pueblo.

Aldeanueva de la Vera se extiende al pie de las sierras. El relieve y las gargantas enmarcan el paisaje en el que se desarrollan las historias de San Gil y del pueblo.

Foto: Miguel303xm, CC BY-SA 2.5 — commons.wikimedia.org

Aldeanueva de la Vera se extiende en una ladera, entre las sierras de Tormantos y Jaranda, con la garganta Horcajo a unos 300 pasos. La imagen reúne tres protagonistas que vuelven a encontrarse en la historia local: el relieve, el agua que recorre las gargantas y las comunidades que han vivido en este paisaje. En San Gil, las huellas de una villa romana y de un poblado visigodo abren una ventana a épocas muy distintas. Entre sus restos funerarios hubo un sarcófago labrado en granito. Su destino, sin embargo, no fue permanecer entero: hace algunos años quedó reducido a pedazos.

La escena no convierte a toda roca granítica del término en parte de una misma historia. Sí permite comprender por qué el granito importa aquí: aparece tanto en la clasificación geotécnica municipal como en la descripción de aquella pieza funeraria. Una cosa es el sustrato que caracteriza el término y otra el origen concreto de un sarcófago. Entre ambos queda la pregunta que acompaña el recorrido: cómo se vive en un paisaje montañoso y qué huellas materiales pueden sobrevivir a sus habitantes.

Una ladera entre Tormantos y las gargantas

El pueblo ocupa una posición reconocible en el mapa local: está al pie de la sierra, entre Tormantos y Jaranda o Peña Negra, y cerca de la garganta Horcajo. No se trata de un asentamiento aislado en una llanura, sino de una localidad encajada en un relieve de laderas y cursos de agua. En el término destacan también las gargantas de San Gregorio, de los Guachos y del Yedrón. Esas referencias dibujan el escenario físico en el que se asentaron las comunidades, circularon los habitantes y se levantaron los lugares que hoy se recuerdan.

El estudio geotécnico describe para el municipio una categoría de suelos formada por granito, gneis y otras rocas ígneas, que representa el 97,78 % de la clasificación. Es un dato de escala municipal: no identifica por sí solo el material bajo una casa, una iglesia o el yacimiento de San Gil. Aun así, da presencia concreta al sustrato de Aldeanueva. No hablamos de una roca nombrada al azar, sino de un conjunto de materiales que domina la descripción geotécnica del término.

El mismo estudio caracteriza esa clase como generalmente impermeable o de muy baja permeabilidad. Dicho de forma sencilla, el agua no atraviesa con facilidad la roca intacta; puede, sin embargo, alojarse en acuíferos superficiales cuando la alteración o las fisuras abren vías de paso. El informe señala que suelen ser limitados y de baja productividad, aunque localmente pueden tener interés. Esa descripción ayuda a leer el terreno sin atribuirle una causa no documentada para cada garganta: Aldeanueva tiene cursos de agua destacados, y el sustrato municipal presenta esas características, pero la información disponible no establece una relación directa entre ambos.

La montaña también aparece en la historia como espacio de trabajo. Gentes del Campo Arañuelo acudían a las sierras de Tormantos en busca de pastos de verano para el ganado; hasta comienzos del siglo XX se establecieron además en el pueblo numerosos abulenses. El paisaje no fue solo fondo: ofreció pastos estacionales y un lugar donde arraigar. La geología describe el marco material, mientras que esas decisiones humanas muestran cómo se habitó.

San Gil: dos épocas y una huella funeraria

En el paraje de San Gil se localiza una villa romana que tuvo continuidad en un poblado de época visigoda. Allí se encontraron importantes restos funerarios romanos. La sucesión importa: no se trata de una sola comunidad detenida en el tiempo, sino de un lugar cuya historia incluye ocupaciones de épocas diferentes. Los restos funerarios hacen visible una dimensión íntima de ese pasado: además de vivir allí, sus habitantes dejaron huellas vinculadas a la muerte y al recuerdo.

Una fuente de Aldeanueva encajada en un muro del casco urbano. El agua aparece también en las gargantas que recorren el término.

Una fuente de Aldeanueva encajada en un muro del casco urbano. El agua aparece también en las gargantas que recorren el término.

Foto: Luis Rogelio HM, CC BY-SA 2.0 — commons.wikimedia.org

La descripción histórica menciona también una necrópolis visigoda y un sarcófago labrado en granito. La roca fue trabajada para darle forma funeraria, y el resultado convirtió un material duro en una pieza destinada a custodiar restos humanos. No consta que el granito procediera de un punto concreto de Aldeanueva; el dato seguro es la materia de la pieza, no su cantera. En un municipio cuya clasificación geotécnica está dominada por granito, gneis y rocas ígneas, ese material no es ajeno al paisaje general, aunque no pueda señalarse una procedencia exacta.

El sarcófago hace de puente entre el sustrato y la historia humana, pero también señala una fragilidad distinta de la roca. El granito puede formar parte de un conjunto geológico extenso; una pieza tallada, en cambio, concentra trabajo y memoria en un objeto singular. La necrópolis no se entiende solo por el material: importa que aquel material fue transformado por manos humanas y colocado en un contexto funerario. Allí la piedra dejó de ser únicamente parte del terreno para convertirse en una huella cultural.

El sarcófago pierde su forma

La historia de la pieza tiene un desenlace áspero. El sarcófago visigodo fue reducido a pedazos, hecho que la descripción local atribuye a la desidia de las autoridades municipales y a la barbarie de otras personas. No se ofrecen fechas ni detalles de cómo ocurrió, pero sí queda registrado el resultado: el objeto dejó de conservarse entero. La materia resistente no bastó para protegerlo. El conflicto ya no era entre una roca y la erosión, sino entre una huella arqueológica y las acciones humanas que podían conservarla o destruirla.

El contraste es fuerte. En San Gil se reconocen restos de etapas antiguas, pero no toda huella llega intacta al presente. El sarcófago había sido tallado para perdurar; acabó fragmentado. Su pérdida no borra la existencia de la necrópolis ni la noticia de la pieza, aunque sí cambia lo que puede verse de ella. La historia local conserva así dos resultados a la vez: una memoria funeraria que permite hablar de la ocupación visigoda y la desaparición de la forma completa que la hacía visible.

Ese episodio ayuda a distinguir dos tiempos. La roca del término se describe como parte de un sustrato municipal; el sarcófago pertenece a una historia humana, con una forma concreta y un final documentado. No hace falta atribuir a una cantera local la materia de la pieza para comprender el vínculo: el granito fue el material elegido para tallarla y la fragmentación fue el cambio que acabó alterando su huella. La geología entra en la historia por la materia; la pérdida, por la acción humana.

De las sierras a la vida del pueblo

La relación de Aldeanueva con su entorno no terminó en San Gil. Fundada en la Edad Media como aldea de Plasencia, formó parte del Sexmo de la Vera, una asociación de pueblos para administrar bienes comunes. En 1802 obtuvo su independencia jurídica y el título de villa. La misma concesión incluyó la Dehesa de Mesillas, de 1.500 hectáreas, perteneciente al pueblo aunque situada en el término municipal de Collado. La historia del territorio se escribía también mediante acuerdos sobre quién administraba y aprovechaba la tierra.

En el siglo XIX, la desamortización de Madoz convirtió en propiedad particular antiguos baldíos de la Sierra y de las Pájaras. Así cambió el régimen de esos terrenos; el dato disponible no permite atribuirle otras consecuencias concretas. Las cifras de población muestran, entretanto, una comunidad numerosa: el censo de 1842 registró 2.410 habitantes y el de 1857, 1.946. El relieve montañoso seguía siendo el escenario de una vida que combinaba asentamiento, pastoreo y cambios en la propiedad.

Mucho después, Aldeanueva empezó a perder población en los años sesenta del siglo XX. El descenso se frenó en los ochenta gracias a la explotación del tabaco y a la producción de pimentón. Este último ya aparece citado por Pascual Madoz en 1846; se mantenía la tradición artesanal de secarlo al humo de encina y roble. Es otra forma de leer el paisaje habitado: no como una explicación geológica de cada cultivo, sino como un lugar donde las actividades y los recursos sostuvieron la vida de la población en distintas épocas.

San Gil devuelve la mirada a una historia más antigua y más frágil. La villa romana, el poblado visigodo y los restos funerarios forman parte del pasado del término; el sarcófago, en cambio, ya no conserva su forma original. Queda la noticia de su granito tallado y de su fragmentación, junto a un paisaje municipal donde predominan las rocas graníticas, gnéisicas e ígneas. Entre las gargantas y las laderas, esa diferencia importa: unas huellas pertenecen al terreno y otras dependen de lo que las personas hagan con él.

Tipos de terreno en Aldeanueva de la Vera

Suelos característicos de la zona, ordenados por relevancia.

  • Granito, Gneis y rocas ígneas
    Neutro

    Granito, Gneis y rocas ígneas

    Rocas ígneas y metamórficas de altísima resistencia mecánica. Constituyen el sustrato más competente y estable. Predominan en el Sistema Central, Galicia, y afloramientos del zócalo hercínico. Aunque

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