Albal convirtió su «tierra de secano» en huerta junto al final de Favara
El nombre de Albal significa «tierra de secano», pero las acequias riegan hoy las huertas que rodean la población. La transformación se entiende al seguir el agua por una llanura construida por los barrancos, junto al marjal de la Albufera.
Terrenos abiertos y edificación junto al corredor València-Albal, en el contacto entre el paisaje agrícola y el borde urbano.
El padrón de regantes de 1912 mostraba un Albal donde el regadío todavía tenía límites: los espacios de riego aparecían en el tramo final de la acequia de Favara, junto a los de Catarroja. Después, la apertura de pozos permitió extenderlos por los alrededores. Ese cambio ayuda a entender una aparente contradicción que permanece en el nombre del municipio. Albal procede del árabe al-baʿl, «tierra de secano», aunque hoy las acequias forman parte del paisaje agrícola que rodea la población.
El agua no llegó a una superficie cualquiera. Encontró una llanura formada por los sedimentos de los barrancos, con suaves elevaciones hacia occidente y una franja de marjal próxima a la Albufera. Sobre ese terreno se sucedieron el asentamiento rural andalusí, la ampliación del riego y, mucho después, el crecimiento urbano. Para comprender cómo el secano acabó rodeado de huerta hay que separar dos trabajos distintos: el agua que construyó el suelo y el agua que las personas condujeron hasta los campos.
La llanura se hizo antes que las acequias
Albal no ocupa un terreno inmóvil desde su origen. Se asienta sobre la llanura de aluvión de la Huerta de Valencia: una superficie formada por la acumulación de materiales transportados por el agua. Los barrancos de escorrentía de la zona fueron aportando sedimentos durante un largo proceso que la descripción geográfica municipal sitúa a lo largo de millones de años.
Puedes imaginar esa acumulación como sucesivas capas de material que van cubriendo una superficie, aunque aquí quien transporta y deposita es el agua. «Aluvión» designa precisamente esos aportes. La llanura no surgió de una sola avenida ni de una obra humana; las acequias llegaron después, cuando el terreno ya ofrecía el soporte sobre el que repartir el riego.
La superficie tampoco es una mesa perfectamente horizontal. El término presenta suaves elevaciones al oeste y desciende hacia el ámbito de la Albufera. Su altitud oscila entre los 39 metros en el sector occidental y un metro cerca del lago; el pueblo se encuentra a 11 metros sobre el nivel del mar. Esa diferencia permite reconocer un territorio que enlaza tierras algo más elevadas con zonas muy bajas.
El marjal y el secano podían estar próximos sin ser lo mismo. La franja húmeda asociada a la Albufera y las tierras aluviales forman parte de un mismo paisaje, pero no describen idénticas condiciones de agua. La cercanía al lago, por sí sola, no convertía todo el término en regadío.
Un nombre nacido junto al marjal
El secano de Albal no estaba lejos de un paisaje húmedo. El Camino del Cid relaciona el significado del topónimo con el contraste entre el lugar y la cercana Albufera, aunque presenta esa explicación como una interpretación, no como una certeza. La distinción es importante: el nombre conserva una referencia al aprovechamiento de la tierra, pero no demuestra que todas las parcelas fueran iguales ni que permanecieran siempre sin riego.
El asentamiento andalusí recibió el nombre de Alboayal. Era una alquería, es decir, un núcleo rural, cuya huella más reconocible es la Torre dels Moros. La publicación Xarq Al Andalus fecha la torre en el siglo XI y la identifica como el vestigio de la fortificación de aquella alquería. El edificio sitúa una comunidad humana concreta sobre esta llanura mucho antes de la expansión contemporánea del regadío.
El Camino del Cid plantea también que Albal pudo haber sido una pequeña alquería fortificada dedicada al arroz, en un momento en que el marjal habría tenido mayor extensión. Es una posibilidad expresamente formulada como tal. No debe confundirse con una prueba de que todo Albal fuera un arrozal: el contraste entre zonas húmedas y tierras de secano sigue siendo la clave para leer aquel paisaje.
El Júcar y los pozos ampliaron el reparto
Un suelo construido por el agua no equivale a un campo regado. Para cultivar con aportes controlados hacía falta conducirlos hasta las parcelas. La descripción actual de Albal recoge el paso de la Acequia Real del Júcar y de la acequia de Favara, que termina en el municipio, mientras la Acequia de Albal distribuye las aguas por el término.
Xarq Al Andalus sitúa en el siglo XIX el riego del término con aguas del Júcar. Su referencia al padrón de 1912 añade una escala más cercana: el plano de Catarroja y Albal permite reconocer los espacios de riego al final de Favara y señala que su extensión todavía era limitada. La presencia de una acequia, por tanto, no significaba que el regadío hubiera alcanzado ya toda la tierra circundante.
Los pozos cambiaron ese alcance.
La misma publicación explica que, en años posteriores, el riego se generalizó alrededor de aquellos espacios gracias a los pozos abiertos. La transformación no fue únicamente traer agua de un río; también incorporó el acceso al agua subterránea. Como una red de reparto que suma nuevas entradas, el aprovechamiento dejó de depender solo de los recorridos visibles de las acequias. El nombre ligado al secano permaneció mientras cambiaba la manera de abastecer los campos.
La huerta quedó junto a la ciudad
La urbanización avanzó sobre esa misma llanura. El Camino del Cid describe cómo el rápido crecimiento de Albal durante la segunda mitad del siglo XX produjo un continuo edificado desde Valencia, organizado alrededor de un antiguo eje de comunicación. Lo identifica con el Camino Real de Madrid, proyecto del siglo XVIII que enlazaba Valencia con la capital pasando por Xàtiva y Almansa.
Ese crecimiento añadió calles y edificios a un territorio que ya había sido transformado por el riego. La torre, originalmente separada de la población junto al camino de Alcácer, quedó integrada en el núcleo urbano. Hoy las actividades industriales y de servicios tienen más peso que el sector primario, pero las huertas y sus acequias siguen permitiendo reconocer el aprovechamiento agrícola de la llanura.
Si miras los campos junto al borde urbano de Albal, el nombre de «tierra de secano» adquiere otro sentido: señala una condición que el reparto del agua fue modificando. Entre el final de Favara, las aguas del Júcar y los pozos, la antigua alquería quedó rodeada por una huerta asentada sobre el terreno que antes habían construido los barrancos.
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